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martes, 2 de abril de 2013

Un viaje que acaba: Parte 02

Empieza en al artículo anterior.

Por lo tanto nos encontramos en territorio de una nueva incertidumbre, la de ver que todo sigue igual, incluidos sus misterios, aunque gran parte de los enigmas esten esclarecidos. De una cinematografía profundamente pro-Bush, a un cine post-Bush, que rápido se convirtió en un cine pre-Obama. Esa dicotomía entre post-Bush y pre-Obama es una frontera interesante entre la de un cine sucumbido en una neblina oscura a un cine con la ilusión de salir de dicha neblina. Pensemos en una serie tan oscura como Juego de Tronos y todo lo que implica socialmente, o Mad Men, o Breaking Bad, series claramente post-Bush con un absoluto descrédito del modelo estadounidense y del origen-presente-futuro de sus valores. De ese modelo se evoluciona, puntualmente, del descrédito al crédito por la ilusión de un político como Obama y pensar que la sociedad y sus fundamentos tienen una solución, un intento de dar madurez al discurso positivo del cambio y de comprender mejor cuales son las estructuras de poder, de las nuevas narrativas y de los prismas en como se plantea la realidad.

Exito de televisión, ¿nuevos modelos en Hollywood?

En ese nuevo territorio pre-Obama encontramos la primera temporada de Homeland, el retorno a la gran pantalla de Star Trek, el renacimiento del viejo héroe americano en Gran Torino, la aceptación que películas extranjeras forman parte de la cultura estadounidense como The Artist o El Discurso del Rey, las miniseries de la HBO como To Big To Fail o John Adams. Obras que realzan un sentimiento genuino y americano (según ellos) pero con la voluntad de ser aceptados por un mundo que ve la mentira y tratando de ser honestos, tanto consigo mismos, como con los espectadores. La experimentación de No Es País Para Viejos o Un Hombre Serio de los Hermanos Coen, como el Death Proof de Tarantino, son aparcados por la nueva corriente clásico-romántica del Hollywood de la edad de oro de los 30 y 40 en pleno siglo XXI.

De ver al terrorismo como la víctima, a criminalizar
el terrorismo. De una temporada a otra.

Pero lo que parecía un retorno de la cara más capriana del modelo Hollywood popular se pasó al siguiente paso, una cinematografía pro-Obama, y con ello la evidencia de que el sistema hace suyos todos los cambios y pequeñas/grandes revoluciones. Si El Caballero Oscuro de Christopher Nolan era una profunda reflexión de lo podrido de un sistema, su secuela The Dark Knigth Rises (la tercera de la trilogía de Batman) utiliza las mismas herramientas que su predecesora para engañar y manipular. Aparentemente es tan subversiva como la anterior, pero en contenido y objetivos el fin del viaje de Batman es una doctrina peligrosa y cargada de veneno. Al igual que la oportunista Brave de Pixar y la falsa revolución que plantea. Sucede exactamente igual en la segunda temporada de Homeland. Si en la primera temporada el discurso era abierto a la reflexión y al empatizar con la psicología y sentimiento del bando "terrorista" en el conflicto post 11-S, la segunda temporada es un panfleto a favor de los buenos valores que aún pueden ser defendidos (salvando alguna manzana podrida de la CIA). Argo de Ben Affleck es la misma cara de la misma moneda. Por lo tanto el sistema se apodera de las piezas del juego nuevamente. Utiliza el conocimiento e inteligencia del público (muy superior a públicos predecesores) y aprende a cómo engañar al nuevo espectador cultivado y sofisticado. El resultado es tan peligroso que cuesta discernir la verdad de la mentira, por mucho que tengas claro que lo que estás viendo es exactamente lo que estás viendo.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Pequeños cambios

No hay nada más sabido que el "todo cambie para que todo siga igual". Es complicado, dado el control del sistema sobre todo orden, que dichos cambios tengan un efecto real sobre los beneficios de los que siempre mandan. Anticipan, dirigen y se apoderan de la brillantez ajena, hacen de las pequeñas y grandes revoluciones un nuevo vehículo para sacar provecho abusando tanto de la ilusión como de las necesidades populares (o populistas, según se mire).

Como herramienta emocional el cine es un arma de gran poder que todo poderoso sabe que debe controlar, y como es apreciable hace mucho tiempo que ninguna película, en los circuitos donde se nos permite ver películas, nos transforma y nos motiva para llegar a un nuevo lugar. Ellos, llamémosles ellos, nos educan constantemente y nos vedan los márgenes de libertad, transmutan los conceptos y utilizamos erróneamente todas las definiciones porque así no sabremos exactamente qué o cómo decir los sentimientos e ideas que tenemos.

Curiosa lectura de los asentamientos de
Wall Street en The Dark Knight Rises.

Hay dos casos, masivamente conocidos, de cómo el sistema nos permite creer que las revoluciones son posibles. Por un lado la trilogia de El Caballero Oscuro de Christopher Nolan, y por otro la trayectoria narrativo-artística de la compañía PIXAR. Los medios de comunicación, controlados por ellos, toda opinión generalizada conducida por los mismos, tienen bien asumido que en ambos casos la calidad fílmica es incuestionable, única dentro de un Hollywood agotado. Nuevos estímulos y nuevos puntos de vista que cambian radicalmente el medio y la experiencia que este proporciona.

¿Qué tiene de valiente complacer a todo el mundo? Que el
poderío visual y narrativo no nos impida ver el bosque.

Curiosamente cuando ciertos colectivos, aún pequeños dentro del marco social, empiezan a empujar hacia otra dirección y desenmascarar las cartas del sistema, esos dos paradigmas de creatividad genial, amparados por Disney y por Warner Brothers, nos proponen dos fábulas sobre la revolución. Dos fábulas que afirman que la revolución debe existir y que es posible, pero que en su cometido final desampara a los revolucionarios hacia el camino del terrorismo, la descomposición de la familia y la paternal idea que sin el sistema que te arrope uno no puede controlar su vida. En ambas propuestas, especialmente en BRAVE y THE DARK KNIGHT RISES, se nos hace creer que tenemos el poder y el derecho de la revolución, de hacer grandes cambios, pero de la misma manera que con una mano nos hacen un hipnótico movimiento con la otra sacan el conejo de la chistera, un caramelo envenenado cargado de doctrina y victimismo.

Las emociones y decisiones humanas en How To Train Your Dragon
son muchas más revolucionarias sin venderte nunca nada.

Es imposible, absolutamente imposible, que el sistema, usando su razón de ser, produzca una película de masas que vaya en contra de sus intereses. Es por eso, que las grandes películas que transforman nuestras ideas y emociones sean aquellas no con grandes marquesinas y lemas inspiradores, sino que desde dentro de lo establecido, desde lo anodino e irrelevante, surjan pequeños cambios dignos de transformar la lectura de toda la propuesta. El film animado CÓMO ENTRENAR A TU DRAGÓN dibuja la clásica historia de amistad, ascensión del héroe, y restablecimiento del orden dentro de la comunidad, un film aparentemente conservador. Son sus pequeñas decisiones en momentos significantes, gestos y detalles ligeros cargados de humanidad los que llevan nuestra mirada a otro nivel. Dejemos de creer aquello donde los poderosos se sienten complacidos, entre ellos y nosotros hay un abismo y en sus dominios no tenemos lugar alguno, tanto en la vida como en el cine.