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viernes, 16 de noviembre de 2012

Los bienqueridos

Cuántas veces hemos dicho "ya sé que es un gilipollas pero es mi amigo". Defender a un amigo es un acto sagrado, principio único que constata la buena salud de una amistad. Es en los malos tiempos cuando ese ideal aflora, y lo que anteriormente era elíptico ahora se evidencia a través de la defensa y en la insistencia del vínculo con la otra persona. Otra cosa es que el amigo cambie, se vuelva otra persona con el tiempo o se te rebele como lo que era en realidad desde un principio.

Esta mirada ha acompañado al cine de Olmi toda su carrera.

En el cine tenemos amistades, y es fácil engrandecer a un autor en los buenos momentos. Qué fácil es querer a Spielberg tras Indiana Jones o Encuentros en la Tercera Fase. O a Truffaut en Jules et Jim. En momentos de gracia la propia energia de la obra, una obra embriagadora, te arrastra al querer y valorar al autor en si. Más difícil es apegarte a esos queridos autores en films fallidos, o de menos calado popular. A Ermanno Olmi, cineasta que adoro (por dar un calificativo), películas como "El Oficio de las Armas" o "Cantando Dietro o Paraventi" me cuesta montañas de esfuerzo finalizar sus visionados, pero por esa pasión a su figura, a su arte y manera de entender la vida, trato de buscarle en cada decisión, quiera él o no acercarse a mí. Prefiero, evidentemente otros films de Olmi, pero no hago ascos, ni el más mínimo mal gesto, a cualquier obra que haya firmado con su nombre. Más difícil me lo ponen directores como Woody Allen o Tim Burton, incluso Spielberg, que me cuesta reconocerles en sus nuevas imágenes y narrativas. No reconozco nada de la emoción con la que me cautivaron con sus anteriores films, y me pregunto si es la edad (en ellos) o que no fui capaz de ver lo verdadero en un cine que era más ilusorio que real.

Pero como a las personas, a las películas de los cineastas -que no dejan de ser discursos personales-, se les exige una contundencia ética y moral a través de sus imágenes y sonidos. Si volvemos a Spielberg, en especial su mítico Indiana Jones, quien fue un héroe de mi infancia, no por su naturaleza de héroe sino por sus decisiones, verlo en la cuarta entrega trabajando para la CIA y ser anticomunista me retuerce las entrañas. ¿Os imagináis a Atticus Finch en una posible Matar a un Ruiseñor 2 gritando a sus hijos o dejando de luchar por un mundo más justo? Porque la amistad es fidelidad también, si los pilares de tu imaginario traicionan a sus propios cimientos, ¿qué sentido tiene ser fiel?

Atticus Finch, inquebrantable.

Como en los políticos, de los cuales mejor no hablar -un pensamiento hacia ellos es como escupir contra el viento en un barco-, los universos narrativos deberían ser honestos. Es duro pensar que Hergé fue posible simpatizante nazi, porque necesitamos saber que sus imágenes y palabras ilustradas, aquellas que nos alimentan como personas, nacen de una verdad cercana a la nuestra, y la idea que Tintín surge de todas esas contradicciones hace desconfiar de lo sincero de sus acciones. Necesito querer a mi imaginario, confiar en él ciegamente, crezcamos en la misma dirección o en direcciones diferentes, pero exigiéndole que en sus principios, y en sus formas, sea en esencia el mismo que descubrí desde el primer día.

viernes, 31 de agosto de 2012

Cine y juventud: Il Posto (Ermanno Olmi)

El cine italiano de postguerra, hasta los años 70, ha sido una de las vías para poder ver en lo cinematográfico parte de la realidad española que tuvimos privada en nuestra propia cinematografía. Nuestro sistema, en las programaciones de televisión por ejemplo, nos impiden acercarnos a cual fue la historia y la realidad de nuestros padres y abuelos. Nos es difícil completar el dibujo, una herencia de narrativas, imágenes y cultura de nuestro mundo, un mundo que, entre la ignorancia y el desarraigo, no asumimos como propio.

La frescura y la despreocupación

La mirada humanista de Ermanno Olmi es una de las más importantes en la historia del cine. En su primera etapa el vínculo de lo ficticio con lo real permite que lo emotivo emerja del documento. Es tan atenta la escritura de Olmi que no dudamos, todo es veraz y funciona como testamento y testimonio de un tiempo.

Il Posto narra el examen de un joven para formar parte de una multinacional. Una jornada completa que deriva de la ilusión y la inocencia a la tragedia del mundo moderno y del capital. La relación entre los dos jóvenes que, más allá de enamorarse, se encuentran en un mundo de adultos, es uno de los retratos más cariñosos que un autor haya demostrado hacia sus personajes (hecho que sucede a menudo en la obra de Olmi).

La mano y el vasallo

Por mucho que Olmi quiera proteger y compadecerse de los hombres y mujeres de sus imágenes (especialmente el joven protagonista) no puede dejar de ser fiel a lo real y estar a las órdenes del mundo que el mismo desprecia y crítica. Una pesadilla que no distorsiona ni un ápice la vida cotidiana, sin exageraciones ni maniqueísmos. He aquí el horror y la angustia de la cárcel laboral a la que se verá abocado -hasta la jubilación- el protagonista de Il Posto. Esa es la importancia del documento que nos brinda Olmi, tanto por la lección sobre la sociedad y su sistema como por la memoria que contiene acerca de los nuestros y de lo nuestro.