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jueves, 29 de noviembre de 2012

Buscando a El Buscador: Una cuestión de miradas

Seguimos indagando en nuestro próximo proyecto EL BUSCADOR.

Ya dice el dicho popular periodístico que una imagen vale más que mil palabras. Pero si a esa imagen se le añade un elemento profundo, y a su vez enigmático, la imagen vale mil preguntas, mil posibilidades.

No hay nada en el cine -me aventuraría a decir- como una mirada. El primer plano no deja de ser el elemento formal que acerca a la cámara y al espectador a los ojos del protagonista. Luego quizá observemos los labios, las mejillas y las arrugas, pero en un instinto muy humano las personas miramos a los nuestros a los ojos cuando interactuamos unos con otros. La cámara, como superojo, actúa con una fuerza expresiva única ante la mirada de una persona (y de un animal). Le da intención, le da palabra, descripción. Aplica un valor externo y un contexto a un pozo sin fondo como son los ojos humanos.

Los ojos surrealistas de Recuerda.

El género clásico, se ha servido de ello, un cine que tiene en el primer plano su arma más poderosa. A diferencia del cine moderno que se centró en la figura humana en el espacio y en el rostro como marco geográfico de lo humano. Pero es indudable que asociamos una gran cantidad de clímax emocionales del cine sobre dos ojos y la emoción que expresaban, no quizá porque el actor o la actriz sintiesen tal o cual emoción, sino por el artilugio fílmico que elevaba y transmutaba una mirada en un elemento narrativo.

Que bello es el final de Muerte Entre Las Flores (Miller's Crossing), cuando un gangster de segunda (Gabriel Byrne), la mano derecha del jefe de la mafia irlandesa (Albert Finney), le dice a su jefe que ya no pueden seguir juntos y que le da igual lo que pueda pasar con él. Tras una historia donde el jefe y la mano derecha se han peleado una y otra vez, asumimos que no hay nada más entre ellos. Cuando el jefe se aleja por el camino, la mano derecha (nuestro protagonista) se coloca el sombrero con firmeza, un hombre solitario, duro, sin emociones. Sus ojos desaparecen bajo el ala del sombrero y la cabeza gacha. Entonces la cámara avanza hasta llegar a los ojos bajo el sombrero y ver como esos dos ojos lloran de tristeza, revelándose así las hazañas de un héroe solitario en acto de amor a su jefe. Las palabras eran un adorno, una antesala para llegar a la mirada final.

Una historia de amor y amistad bajo el ala de un sombrero.

El primer plano refuerza el sonido, la música, la densidad fílmica. Pero en otro ejemplo como Centauros del Desierto (The Searchers) existe una mirada igual de poderosa, y con mayor misterio y suspense, y sin recurrir al primer plano. Cuando en el ataque al poblado indio el Tío Ethan corre a matar a su "sobrina" y en una situación in extremis la levanta sobre sus brazos ante la duda de qué hará con ella. Asumimos la mirada viendo la espalda de John Wayne, un hombre cargado de odio y rabia y que incluso en su clímax lo vemos como un ser opaco y complejo. El plano de los ojos de John Wayne sería la muerte intelectual y emocional de su personaje y todo su misticismo se desvanecería por culpa de un refuerzo dramático. Ford sabía que tenía entre manos y respetó hasta las últimas consecuencias al ser mitológico que trascendía a su propia película.

Los ojos de Natalie Wood el único referente
de la opacidad del Tío Ethan.

En EL BUSCADOR nuestro protagonista, una sombra más en la noche, lleva el vacío en su mirada y en sus acciones la rabia de aquello que no expresa. Esa duda que se materializa en una mirada. Pero a su vez, como un ser de la noche, de su universo, es desde la distancia y el misterio donde encontramos las respuestas (quizá otras preguntas) para acercarnos a este Buscador que deambula con una ausencia en sus ojos.

Aquí podéis saber más sobre El Buscador, el proyecto, y como ayudarnos. Muchas gracias.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Películas para uno mismo

Un ejercicio muy sano y lleno de sorpresas es el de mirar películas secundarias en las filmografías de grandes cineastas. La historia oficial se encarga de subrayar algunos títulos relevantes y cuesta a veces salirse de la rutina y la historiografía fácil. Pero toda persona tiene a la vez la necesidad de una intimidad algo más especial con la que sentirte más cerca con el cineasta en cuestión. Evidentemente El Hombre Tranquilo o Centauros Del Desierto de John Ford son obras maestras; La Mujer Pantera o Yo Anduve Con Un Zombie perturban a todo el mundo con la oscura mirada de Jacques Tourneur; o The Spiral Staircase de Robert Siodmak es un hito visual y narrativo en la serie B norteamericana. Pero en films paralelos, menos absolutos y quizá con otras virtudes, y con otros defectos, podemos ver mejor reflejadas inquietudes personales que sean menos compartidas con una mirada global.

En este artículo me gustaría proponer tres títulos con los que siento especial afinidad y hacen que mire a estos cineastas de manera más compleja y a la vez más integrada con la idea de que el mundo no es tan sencillo como se plantea en el género clásico como suele proponerse.

La Ruta del Tabaco (John Ford) 1941

Uno de los pocos momentos donde Ford
humaniza y victimiza a sus protagonistas.

Drama desolador y mordazmente crítico y sarcástico que se aleja radicalmente de la mirada humanista de Steinbeck en Las Uvas de la Ira. John Ford arremete contra las sociedades más pobres y analfabetas de los Estados Unidos del sur. Un retrato de la crisis postcrack del 29 centrada en el desahucio de una familia que no puede mantener y pagar sus tierras. A diferencia de la habitual mirada cándida de Ford en La Ruta del Tabaco la crítica y el desprecio hacia sus protagonistas es incluso hasta incomoda, aunque en ciertos momentos la compasión -en los momentos más dramáticos- perdona su estupidez no implica que Ford cargue la gran culpa del drama, no sobra la sociedad, sino sobre sus individuos.

Estrellas en mi Corona (Jacques Tourneur) 1950

Sin darte cuenta la película se inunda de violencia.

Extraordinario western de serie B que no deja de ser un drama social que trata algunos temas aún hoy candentes entre las diferencias culturales estadounidenses. Religión y ciencia, racismo, paternalismo... Estrellas en mi Corona es una película con una luminosidad excesiva para el maestro de las sombras Jacques Tourner. A medida que avanza el metraje, los puntos en común del guión que podría haber entre Ford y Capra se diluyen mostrando la oscuridad de las personas, la violencia oculta y la amargura interna de la sociedad. Un cine dotado de misterio moderno como el que veremos en futuras ocasiones en películas consagradas de filmografías como las de Lynch, Cronenberg o Scorsese. Obra maestra que aparenta todo menos serlo.

El diablo Ataca de Noche (Robert Siodmak) 1957

Los Nazis también son personas.
Contrastes y matices en el Berlín del 44.

Robert Siodmak volvió a Alemania para firmar este inusual thriller político en el Berlín nazi. Un oficial de las SS protagoniza esta crítica de las relaciones entre el nazismo y el pueblo alemán. Se intuye el final y la derrota del ejercito nazi en la II Guerra Mundial, el sentimiento de fatiga y el hastío de los alemanes. Un película única que permite salirnos de las normas panfletistas de las películas hollywoodienses y acercarnos con más detalles y variedad de texturas e ideas a la problemática real de la sociedad alemana y nazi en un conflicto que la historia del cine sólo nos ha dejado ver desde un punto de vista. Un joya que no tiene nada que envidiar a películas como Senderos de Gloria de Kubrick o Rey y Patria de Losey.

Os animo a seguir buscando títulos alejados de las listas del "debe verse" o "las mejores películas", será a través de ellos donde encontraréis vuestro lugar entre las películas y la miradas que a veces no se conforman con gustar a todo el mundo. Ver cine es una contrato, un diálogo entre dos partes, y no hace falta que nadie más esté de acuerdo con ello.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Un mundo soñado

A raíz de la nueva serie creada por Aaron Sorkin, The Newsroom, han surgido una serie de opiniones en torno al tono y contenido que desprenden los episodios de dicha obra. La norma, como es de esperar cuando algo no gusta en la crítica nacional, es utilizar el desprecio y la falta de respeto, poco se debate de las causas de la crítica y mucho menos se plantean argumentaciones. La cuestión es que The Newsroom es idealista -peyorativamente-, naïf, sus personajes son unos listillos, la verborrea sorkiniana cansa y es vacua, Sorkin es un engreído y el cometido de la serie es fallido. Y por encima de toda la adjetivación utilizada una idea: el mundo que crea Sorkin no es real.

Las discusiones de Aaron Sorkin, recurso
rescatado del cine de Howard Hawks

No voy a ponerme a defender si el patrón de vida norteamericano es bueno o malo, si estoy de acuerdo o no con él, lo que es evidente que una gran parte de las cinematografías hollywoodienses han patrocinado, elevado y construído un ideal del modelo soñado de cierta Norteamérica. Frank Capra, John Ford y una estela de cineastas rooseveltianos enmarcados por el New Deal crearon sus películas acordes con una visión para fortalecer el "espíritu" de las personas y familias estadounidenses. En sus películas, creadas para una sociedad débil y pobre, planteaban colectivos donde un sentimiento de comunidad y protección arropaba al individuo y se veía necesitado de él para alcanzar el sosiego y la felicidad; resumiendo, una idea muy cercana al socialismo, por no decir que dicha idea cruza holgadamente la frontera.

Es sabido y motivo de burla la ñoñería del cine de Capra o la emotividad extrema de la familia cuando Ford la retrata. Las comedias de Howard Hawks, referente poderoso del estilo de Sorkin, tienen una marca indiscutible donde se combina la inteligencia avispada de sus protagonistas y la máxima que el mundo dentro de la narrativa cinematográfica es un lugar donde soñar. Una evasión, alquimias dentro de las posibilidades del marco norteamericano que confrontan lo real con el ideal a aspirar. Lugares cercanos/lejanos donde quisiéramos vivir y mejorar como personas. En definitiva, un medio que quiere expresar lo mejor de nosotros.

Su juego favorito, de Howard Hawks. Pocas películas te atrapan en la
ilusión del género como lo hace ésta. Un cine que ya no existe.

Las series televisivas de Sorkin, en mayor o menor medida, son en si mismas un doble sueño. El primer sueño es el de dibujar un colectivo perfecto, con fuertes principios éticos y morales, que discuten y pelean por hacer de su mundo un lugar mejor. Pero hemos de ser conscientes que dentro de su realidad, la norteamericana, y de la propia historia del cine que arrastra Sorkin al crearlos, tienen un gran número de condicionantes conceptuales que nos distancien sistemáticamente, desde nuestra Europa del siglo XXI, de ciertos infantilismos y planteamientos simples. El segundo sueño que encierra la obra de Sorkin es la de recuperar un cine enterrado por el paso de la modernidad, el postclasicismo y la postmodernidad. Un cine de los años 30 y 40 completamente extinto. Una narrativa destinada a la ilusión, tanto de la imagen como del diálogo, del mensaje como del propio proceso creativo.

Es por eso, y por la calidad de las creaciones de Sorkin, que abro el filtro de la credulidad cuando me acerco a su obra, sé de antemano qué voy a encontrarme cuando empieza cada episodio. Sorkin nos regala un imposible, una pedazo de arqueología reconstruído, historias nuevas con conceptos y sentimientos de antaño. La posibilidad de seguir creyendo en un tipo de arte cinematográfico que el propio cine, por unos motivos en una sociedad, y por otros en otras, ha acabado sucumbiendo a los poderes de la estupidización consumista o la seriedad que se le otorga al hablar de lo real. Por escapar de un principio o del otro yo me doy este capricho y dejo al lado el enjuiciamiento de los defectos, matices que no me agradan y que existen, pero que a la vez permito entrar en mí, de este mundo -creado por Sorkin- soñado y hecho para soñar.