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lunes, 22 de octubre de 2012

Vestigios íntimos

En muchas ocasiones suele suceder que el público general tiene un rechazo a la hora de acercarse al cine mudo. Incluso los cinéfilos (en principio algo más especializados) sienten cierto tedio por los orígenes (y no tan orígenes) del cine. Parece que es agotador tener que leer imágenes limpias, imágenes sin sus sonidos que faciliten el rápido entendimiento de éstas. El cine mudo contiene esa capacidad original que poseía el cine de mostrar lo humano. El gesto, el rostro, la desnudez de aquello que capta la cámara... las imágenes espectrales de los primeros films son en verdad testamentos de su existencia. A eso hay que sumarle el valor de su poder visual, pictórico y narrativo, e incluso transgresor, que a medida que avanzó el control de los estudios sobre las películas se fueron volviendo más comedidas y conservadoras. En particular me interesa esa relación entre el espectador medio y el cine mudo. El porqué esa distancia en poder disfrutar el sentido cercano de aquello que fue, y su belleza contenida, con la mirada de un espectador contemporáneo.

La figura y el restro humano del cine mudo han sido y
son inigualables.

Considero las filmaciones domésticas en Super 8mm el último vestigio del cine mudo. Estas filmaciones por cuestiones culturas evocan nostalgia, un tiempo que fue y ya pasó, y es en el contenido de las películas y en la estética específica del Super 8mm donde radica lo nostálgico en si. No es como en el cine mudo una pieza de museo, un pedazo arcaico de tiempo contenido, el Super 8mm es un trozo de recuerdo, de familia, algo que nos pertenece por herencia y raíz. Es tan directa la relación con ello que somos espectadores en potencia de cine mudo cuando vemos filmaciones domésticas en Super 8mm. Buscamos cada gesto, lo emotivo de aquellos que fueron filmados y muestran su vergüenza frente a la óptica de la cámara y el sonido mecánico del motor al hacer girar la película. Nos vemos a nosotros mismos imaginados sobre otros, creamos vínculos, puentes con el pasado y con aquello que nunca ha cambiado, siendo igual en los sesenta o sententa como en el siglo XXI, nos acercamos a lo humano que trasciende a las modas, a las convenciones y a los adornos que camuflan lo popular en cada tiempo.

La fuerza de lo efímero.

Si nuestra atención, o intención, fuera similar con el cine mudo, la mirada aplicada sería complemente nueva y reveladora. En el cine mudo, por un motivo natural, por ser parte del origen y aún exento de posturas, contiene esas trazas de lo familiar que nos emocionan en el Super 8mm. Somos parte de esas filmaciones, y esas filmaciones de las primeras décadas del siglo XX siguen hablando hoy en día de la esencia humana que ha caracterizado gran parte de la búsqueda del arte durante la historia (o historias) de la humanidad. El mundo contemporáneo quiere alejarnos del quiénes somos y del qué fuimos, y a veces, en lo cercano de un desconocido, en sus sombras centenarias y los movimientos que proyectan, encontramos más respuestas que en todas las excusas que nos dicen ser en el mundo de hoy.