lunes, 1 de octubre de 2012

Más allá del instante

En un instante concreto en un lugar concreto, y por azar, hacemos una fotografía. Una imagen contenida por los límites de la superficie de la película y por el tiempo que se le permite a la luz traspasar el obturador. Tan poderosa como fantasmagórica la fotografía se vuelve pasado por lo que representa y presente por lo que es, una cartulina (papel, información digital...) que nos pertenece como un detonante del recuerdo. La textura del negativo, el tono de la luz y los colores del revelado influyen en lo olvidadizo de las personas y transforman lo vivido en una ensoñación, las sombras transitan dentro y fuera del encuadre y se fija hasta la eternidad lo fugaz de un momento que dejó de existir tras apretar el botón de la cámara. La imagen perdura mientras el tiempo fluye alrededor suyo, dejamos de existir y la fotografía carece de sentido, sin dueño, a la espera de ser apropiada por otra mirada para convertirse en documento, en la chispa de la imaginación de otro que especulará sobre las posibilidades que hay en su lectura.

Sombras que necesitamos concretar.

La hipérbole atrofia, la imagen agotada, o nuestro entendimiento agotado por el exceso de imágenes con la que el mundo contemporáneo nos desborda. Qué fácil es apropiarse de una imagen, de añadirle un valor, nos educan para ello, para transmutar, en el todo vale y todo cuenta y perdemos el sentido ético y moral del existir, tanto de las ideas como de las representaciones. Una fotografía es un ente propio que existe más allá de nuestro pesar, y el acercarse a ella debe implicar un respeto y el deseo de querer dialogar con ella.

200.000 Phantoms, de Jean-Gabriel Périot, muestra a través de la superposición de fotografías la evolución en el tiempo del Genbaku Dome, el edificio más cercano a la explosión de la bomba atómica de Hiroshima. Siempre como eje central el edificio es el pivote por donde giran los más de 600 puntos de vista (600 fotografías para realizar el film). Un ejercicio visual fantasmagórico que utiliza la materia del objeto, y los diferentes desgastes en sus imágenes, para mostrar como el tiempo que contiene perdura en su continuidad, como la idea de la sucesión de fotografías creando una cadencia y ver el paso de los años sobre el edificio y su entorno no deja de ser un instante más, por mucho que avancemos y vemos que todo cambia, los 600 momentos siguen siendo uno solo, un mundo que se ha paralizado. La secuencia de imágenes son instantáneas muertas, y aunque den sensación de movimiento y evolución la naturaleza de cada parte es esa muerte que sigue dando su valor al conjunto.

Las fotografías se superponen modificándose
así mismas en texturas y tonos.

Paradójicamente hay una segunda lectura que escapa de la pantalla: nos convertimos en fotografía. El espectador permanece mientras el tiempo se marchita, hasta el punto que lo curioso de ver la vida sucediéndose se torna rutinario y lo melancólico de observar nos entristece. Nuestro existir es un instante y entendemos que el tiempo, avance o no, aporta la misma soledad, los mismos fantasmas, y que en el fondo somos instantes convergiendo con otros observando ver pasar y siendo vistos al pasar. Somos la imagen que tenemos de uno mismo, somos dueños de esa visión, y como una fotografía que no es nuestra y de la cual nos apropiamos, somos objetos para los pensamientos ajenos, excusas para inventar e interpretar sobre nuestra persona o la de otro. Fantasmas, formas. Ideas.

Aquí podéis ver 200.000 Phantoms de Jean-Gabriel Périot.

1 comentario:

  1. Diría que en 200.000 phantoms hay un juego de permanencias como si fueran muñecas rusas: las instantáneas permanecen pero la propia arquitectura que muestran también permanece. Ambas, fotografias y edificio, están en la misma dualidad: por un lado fijan en una forma estática evocaciones y ensoñaciones, por otro lado conforman una realidad física por sí mismas. Han alcanzado el misterio de las cosas que simplemente són.

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